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Bilbao

“[La luna] es una piedra que se hunde en un lago de memoria, un espejo opaco, una sonrisa sin dientes”

(Iosu Expósito en Beñat Arginzoniz, Pasión y muerte, 2013: 48)

En la pista de despegue.

La velocidad se incrementa. La fuerza me empuja contra el respaldo del asiento… ¿Y si todo terminase aquí? ¿A dónde irían mis últimos pensamientos? ¿Y si todo terminase en este instante? Me apresuro a buscar un bolígrafo y un trozo de papel en el bolsillo del abrigo que reposa sobre mis piernas. Escribo con premura estas líneas que leen. Ya estamos en el aire. El instante ya ha dejado de existir.

20150309_174024Amanece en Bilbao. Febrero de 2015.

En el aire.

Miro a mi derecha. Ha amanecido. Entre nubes grises, rayos de luz roja. Dejo atrás ese ya Bilbao post-apocalíptico de Gabriel Aresti, “Oskarria zabaltzen da / euskaldunen lurrean” (“Rompe un rojo amanecer / en la tierra de los vascos”).

Me sumerjo en la lectura del último libro de Joseba Zulaika sobre una generación que ya tenía mayoría de edad cuando mis ojos vislumbraron por primera vez el mundo. “Ese Minotauro ciego se convertiría no solo en la expresión de la batalla amorosa librada por Picasso, sino también en el emblema de nuestra generación, la generación de ETA” (Vieja luna de Bilbao. Crónica de mi generación, 2014: 24). Entre mis manos yace el testamento de una generación, que en sí alienta la limitación de nuestra condición imposible. Se convierte en el deseo inacabable de conseguir lo improbable.

20140530_180040Zulaika en el Guggenheim Museoa. Mayo de 2015.

En Pasión y muerte de Iosu Expósito, Beñat Arginzoniz narra los últimos días del guitarrista de Eskorbuto. Es un Iosu enfermo que no se resigna a morir. “Ahora es la luna la que te busca. La luna te busca por las esquinas de la sorpresa. Sientes en tu espalda su mano helada, sus blancos dedos de cera, y escuchas su voz de ecos dormidos y de metales tristes” (2013: 48).

En Zulaika Bilbao también se resiste a morir. Parafraseando al fallecido Philip Levine, originario de la ciudad de Detroit, ésta al igual que el Bilbao dantesco de Zulaika o de Aresti es una ciudad devastada, la más devastada quizás, en la que “no hay menor atisbo de grandeza heroica. Lo único que queda son hombres, animales, plantas y flores que insisten en afirmar su derecho a la existencia” (The Art of Poetry No. 39, 1988). Cual ave fénix de la postmodernidad, “incluso después de las ruinas y la derrota persistió el mandato: debes cambiar tu vida, debes transformar la ciudad”, Zulaika proclama. Bilbao resucita.

20150312_081225bGuggenheim Museoa. Abril de 2015.

De similar manera que el avión batalla entre nubes, y el horizonte se discierne, no dejo de preguntarme por la fantasía aceptada de esa línea imaginaria que separa el cielo y la tierra, delimitando la frontera entre el reino de los dioses y el de los humanos. Ponemos rumbo a Budapest. Hoy atraparemos el infinito. El avión ha virado y el sol me ciega.

Llegamos a Budapest. El bolígrafo ha explotado en mis manos. Las marcas de la tinta han crucificado mi mano derecha. Ha dejado más huellas que los renglones aquí escritos. ¿A dónde irán estas palabras? ¿A quién le importarán?

En Budapest.

Tránsito por sus calles. Unas calles que poco tenían que ver con Rapsodia de sangre, una película de 1957 de Antonio Isasi-Isasmendi que recreaba la Hungría del otoño de 1956 bajo el horror del régimen soviético. La película había sido parcialmente filmada en Bilbao, convirtiendo al Nervión en el improvisado, aunque algo famélico, substituto del todopoderoso Danubio de la “Guerra Fría”. Sucumbíamos a un verdadero juego de artificio. Sucumbimos al exceso. En una de nuestras idas y venidas por la ciudad, la antropóloga Mariann Váczi conversa sobre Zulaika, su trabajo y por su puesto sobre su último libro. “¿Ves la luna?”, me pregunta. Era una esfera plena de luz que se proyectaba como nunca sobre los edificios de Buda. La ultima luna llena del año. Era aquella vieja luna de Bilbao que nos perseguía en Budapest y se bañaba en las mansas aguas del Nervión-Danubio.

Hablamos sobre un futuro prometedor y sobre su primer libro como si de un recién nacido se tratase (Soccer, culture and society in Spain. An ethnography of Basque fandom, 2015). “Más de cinco años de trabajo y en dos meses lo tendré en mis manos. ¿Qué se siente cuando por fin lo puedes tocar con tus propias manos?”. “Tan pronto lo tengas delante de ti ya no te pertenecerá, nos pertenecerá a todos”, le conteste.

20141213_012552cMariann Váczi. Diciembre de 2015.

En Bilbao.

Aterrizamos. Llueve. “La pasión de lo real”. El hecho mismo de la vida parece que se debate en el derby del Athletic y la Real. Mientras el equipo “local” alineaba a más jugadores guipuzcoanos que el “visitante”, éste contaba entre sus filas con más jugadores de Bizkaia que los de la cantera de Lezama. Ambos equipos yacían a los pies de la verdad. Se retrataban ante la efimeridad de la identidad; ante el espejo inverso de la supervivencia.

Hacia Reno.

Retorno. Regreso a las últimas páginas de Vieja luna de Bilbao. El círculo se está completando. La lectura está a punto de terminarse y el capítulo de mi nueva estancia a punto de iniciarse. Desde la lejanía, Bilbao es nuestro Sergio al que ya no puedo volver. “No finaliza el viaje. No. Yo nazco, nací, yo nazco en la palabra. Ella es el carmín rojo de los deseos” (Delicatessen Underground. Bilbao Ametsak, 2008).

[Nota: Todas las fotografías son de Pedro J. Oiarzabal ©]

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Nosotros, Bilbao

Luna de aquel Bilbao… allí vivió el amor… cuantos recuerdos… llevo aquí adentro… sé que les vuelvo a contar siempre el mismo cuento, pero no habrá un lugar donde una pueda estar tocando el más allá, como el Bilbao

Bertolt Brecht y Kurt Weill (Canción de Bilbao, 1929)

En estos tiempos donde siempre hay alguien que irremediablemente se empeña en sembrar sombras que se cuelan en nuestros sueños de ciudad improvisada; igualmente, digo, hay quienes imaginaron e imaginan otras geografías posibles iluminadas por destellos deletreados que dejan a las sombras vencidas, mientras perfilan coordenadas de compromiso y esperanza. Ayer fueron Juan, Blas, Gabriel o Ángela y muchos otros… hoy… bien podrían ser Mikel, Santi o Iván y otros muchos.

Mikel Varas (Bilbao, 1980)

“Cada instante, algo se quiebra y, situado entre la luz y el vacío, crea la sombra y hace que la luz tenga sentido… Me sirvo de la luz y de las sombras para escribir palabras en el aire, para que los pájaros puedan leerlas” (Artista).

Un Sol cabizbajo

borra mi silencio.

Un tumulto.

Un problema.

Una risa.

Un sollozo

pero solo en el ojo derecho.

El otro está cansado.

Se acostumbró a vivir…

A vivir llorando.

(Poema “Abando 5 a.m.”, Mikel Varas ©).

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(Escultura “Agur”, de la Serie “Madera de Ciudad”, Mikel Varas ©).

Santi Pérez Isasi (Bilbao, 1978)

“Ahora me voy… Pero me quedo… Un bilbaíno nunca se aleja mucho de Bilbao, por muy lejos que vaya; un bilbaíno nunca es más bilbaíno que cuando está lejos de Bilbao. Bilbao seguirá siendo la ciudad de mi infancia, de mi familia y de mis amigos” (Dos años ya).

Una vez que estaba especialmente aburrido, o especialmente inspirado, no lo sé, decidí matarme. No suicidarme, que es una cosa tremendamente vulgar y que ya se ha hecho miles de veces, sino matarme como si matase a otra persona; matar a Santi Pérez Isasi, no a mí; no yo a mí mismo sino… bueno, eso.

Así que empecé a hacer las cosas que creo que haría si quisiera matar a otra persona. Primero, para disimular empecé a tratarme especialmente bien a mí mismo. Me llevaba a cenar a sitios caros; me acompañaba de librerías (aunque todo el mundo sabe que a mí en realidad también me gusta ir de librerías); me daba masajes en la espalda, en los pies, en las piernas… Sobre las cosas que me hacía a mí mismo en otras áreas prefiero no hablar.

Una vez conseguida mi confianza, empecé a llevar la cuenta de mis hábitos. Lamentablemente, pronto descubrí que Santi Pérez Isasi es una persona de pocos hábitos: es imposible saber a qué hora va a salir de casa, ir a trabajar o bajar a tomarse un café. Maldita vida sin horarios…

De manera que mi mejor opción de cogerme desprevenido era esperarme a la puerta de casa un día que hubiera salido… [cont.]

(Fragmento de “Matar a Santi Pérez Isasi”, Santi Pérez Isasi ©).

Iván Repila (Bilbao, 1978)

“Si quedara un solo hombre o una sola mujer sobre la Tierra, seguiría soñando. No tengo ninguna duda. Si quedaran dos, el primero le contaría el sueño al segundo” (Entrevista).

—¿Y qué crees que encontrarás al final?

—No me importa. Quizá haya un castigo, o una recompensa. Quizá haya dolor, nada más que dolor, un dolor tan blanco que me deje ciego. Me da igual. La vida es maravillosa, pero vivir es insoportable. Yo quiero acotar la existencia. Pronunciar durante un siglo una larga y única palabra, y que ella fuera mi verdadero testamento.

—¿Un testamento para quién?

—Para quienes puedan entenderlo.

—¿Crees que seré recordado?, pregunta el Pequeño.

—Quizá por tus contemporáneos, por tu generación, responde el Pequeño.

—Eso no es suficiente. No sé si pertenezco a alguna generación: ninguno de mis seres queridos tiene mi edad. Seré recordado por todos, hasta que no quede un solo hombre sobre la tierra.

—¿Y por qué habrías de serlo? [cont.]

(Fragmento de “El niño que robó el Caballo de Atila”, Iván Repila ©).

Mikel, Santi e Iván nos invitan a explorar una nueva cartografía de vocales y consonantes. Florecen nuevas letras en la ciudad de titanio con una clara voluntad de futuro y de acción, con libertad de estilo, imaginativa y comprometida.

Llego la primavera y pronto el verano, y los casi tres años transcurridos desde que Sergio nos dejó bien podrían haber sido tan solo tres interminables segundos que se funden en abrazos en el despertar de la noche. “Hacia la luna he de volar sobre ella, serpiente azul con mil ojos que adora el fondo que en su noche sueña en calma. Hasta entonces la observo en una estrella, vigilo por si vuela a cada hora y así no pierda Bilbao lo que es su alma”. Nuestro Bilbao.

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